Convivir durante tu vida con la canción “En la fiesta de Blas” deja huella. Más allá de coincidencias, que no vienen al caso, alguien me dijo eso de “aquí se celebra todo” como grito de guerra para ahuyentarlo todo, en especial los malos espíritus o eso llamado mal rollo. …


Las sábanas se pegaban más los sábados. Era una costumbre pero que muy agradable. El resto de la semana emitían unas insoportables ondas electromagnéticas o algo raro que te hacían levantar de la cama de inmediato. El sábado, no. El sábado te atrapaban porque en el fondo son ellas las que quieren sentir tu calor, no al revés como podemos llegar a pensar. Te cubren, te giran suavemente para el otro lado, te vuelven a cubrir para que no se escape nada del calorcito del momento y como que el peso desaparece y se transforma en algo liviano.

Por costumbre…


Lo primero que decidió fue guardar el reloj en el armario y que el despertador digital que le regalaron el día de Reyes de hace 2 años, se quitara ipso facto de la mesilla de su lado izquierdo de su cama. Para qué saber la hora si a partir de este momento le daba exactamente igual la hora que fuese tras anunciarle:


Ese paraje es una zona de difícil o mejor dicho, inaccesible acceso para cualquiera que sienta curiosidad por saber qué hay ahí. 12 elegidos, doce, son quienes únicamente habitan este lugar. Un inmenso espacio, de esos que no cubres con tu mirada por más que lo intentes, donde se reúnen, comparten, discuten, se divierten y sobre todo se compadecen entre sí. Son frecuentes las confidencias, sus dudas y temores, sus miedos y circunstancias, sus alegrías y planes. Cada cual la suya. Y todos comprenden a cada cual. Si das al grupo, recibes del grupo, escuché una vez a un marinero.


La mirada estaba como embriagada del oxígeno del aire extrañado de estos días. Este paseo de la tarde no por ser esperado, se convirtió en ese instante reconocido del como íbamos diciendo. Un paseo reconvertido en realidad en EL paseo. Lo suficiente y necesariamente próximo para mantener esta cercanía emocional familiar, cada paso dado era ascender en la recuperación de este estado que aún extrañamos. Era como comenzar una conversación que finalizamos hace unos días y el inicio balbuceaba entre los titubeos de por dónde empiezo y algunas palabras empañadas y borrosas.

Por la acera de enfrente también caminaba gente…


El tacto estaba ya acostumbrado del todo a su presencia. No por ser conocida, la relación resultaba mucho más placentera, agradable, aún más íntima que en otras ocasiones. Deseosa de volver a palpar ese momento en otro instante del día, pensando en ese universo que se creaba y por un tiempo generoso, sentir de verdad comienza en las yemas de los dedos. Continúa después en la mirada atenta y con ritmo cadente de segundos más duraderos que el tic tac habitual, e historias con personajes que vienen y van en tu imaginación desplegando emociones en tercera persona que haces tuyas…


“¡Aita!, ¿puedes venir un momento?”. Hay frases que pasan delante de uno a toda velocidad y las atrapas al vuelo como esos sueños que intuyes se van a cumplir; otras se agarran con fuerza a tu pierna, no te sueltan y sientes cómo van subiendo al compás de un escalofrío que recorre tu cuerpo en busca de decenas de posibles preguntas por segundo. Que sepáis que cuando se es padre/madre no sois inmunes a esta situación, primer aviso.

Hemos salido hoy. A nuestra ventana. No hacía falta darnos la mano como cuando se sale a la calle, simplemente el uno…


A quien corresponda:

Sabemos que quizá no sea el mejor momento de pedir sino más bien de dar, que bastante tenemos con lo de estas semanas y nuestra generosidad se reduce a un obediente quedarnos quietos, quien dice quietos dice estar en nuestras casas en estado de por si acaso, no salgas. Hoy la calle, nuestra calle, nuestras calles tenían un aspecto diferente. Lo han notado hasta las palomas, que se han tenido que mover a más velocidad que estos días porque las bicis, los patines eléctricos, los de ruedas y ruedines, los balones de fútbol, las pelotas, pelotitas, pelotones…


“jajajaja…qué me dices, ¿ayer a la noche … ¿pero cómo lo hicisteis?… ya… ahá… buah… jajajaja… no me lo creo… bueno, ya me contarás más despacio… que es mi hora y… ya, tú también… pues venga, colgamos y luego si eso nos llamamos, ¿hace?… venga, txao, un beso… te llamo… sí, te llamo…”.

Dejó el móvil en la estantería del comedor, una salita pequeña y minimalista, blanca, como se llevan ahora, muebles bajos, muy lineal, de ésas que son bonitas de por sí y no necesitan nada más, que los muebles campen a sus anchas. Aquel mes de abril de…


Hay un momento en el que dejas de contar por hastío. Te da igual si llevas 9, veinticuatro, 63 o ciento cuarenta y siete vueltas. La cama se convirtió en un barco dejado al albedrío del vaivén de las olas en plena marea y las sábanas ya pasan de uno y ni te responden, se quedan redobladas hasta que te sueltan un “hala majo, ya te vale”. Como para no levantarte de la cama y salir pitando de la estancia sin mirar el reloj porque si lo hiciera, acabaría en esa esquina de ahí bien lejos del patio interior.

El…

Juanjo Brizuela

Optimista por naturaleza. Consultor Artesano en branding, planning y comunicación en un entorno digital. Buscando conexiones entre marcas y personas. Escribo.

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