Hay un momento en el que dejas de contar por hastío. Te da igual si llevas 9, veinticuatro, 63 o ciento cuarenta y siete vueltas. La cama se convirtió en un barco dejado al albedrío del vaivén de las olas en plena marea y las sábanas ya pasan de uno y ni te responden, se quedan redobladas hasta que te sueltan un “hala majo, ya te vale”. Como para no levantarte de la cama y salir pitando de la estancia sin mirar el reloj porque si lo hiciera, acabaría en esa esquina de ahí bien lejos del patio interior.

El día ha sonado a ajetreo entre el taclatá cla taclatá tatá de mi hoy martilleado teclado de mi portátil y los pocos sonidos de la calle oídos desde la ventana, todo el santo día abierta para acogerme a ratos sobre ella. Menos mal que es paciente, que aguanta todo el peso de las neuras, transformando el frenético y rudo, a veces, baile de los dedos en suave sosiego con forma de brochazos de aire fresco en la cara.

Buscaba en el exterior alguna complicidad en la poca gente que pasaba por la calle. No he visto a la chica de otros días; el destino, fijo. Había una sombra en ese punto de inspiración de cada mañana; también el destino. Y los bancos de la plaza estaban siendo limpiados con cuidado; tampoco ha sido casualidad. Hoy nada estaba en su sitio. O si estaba no era. Lo único que liberaba a la mente de su prisión emocional de hoy eran los andares.

Si la cara es el espejo del alma, tu manera de andar es el certificado firmado en papel timbrado. Acelerado con paso firme y el cuerpo hacia delante, ansiedad y urgencia; calmado y en línea recta invariable, seguridad y reflexión; sin pausa y estilizada, personalidad marcada. No he querido bajar a la calle porque en el corto recorrido que tengo de mi portal a mis contenedores el diagnóstico sería parecido a marcar todas las casillas de una quiniela, y saca de ahí tus conclusiones. Recorro el pasillo de vuelta a la estancia que espero no tenga el aliento de la noche. Camino recto y sin pausa. Me paro a mitad del pasillo y echo la vista atrás. Mis pasos dejaban una huella que se borraba con la imaginación de las olas del mar. Un “¡hasta mañana mejor!” viene desde la ventana de mi habitación. Pues eso. Anda.

Optimista por naturaleza. Consultor Artesano en branding, planning y comunicación en un entorno digital. Buscando conexiones entre marcas y personas. Escribo.

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