El día cuarenta y siete del 16

La mirada estaba como embriagada del oxígeno del aire extrañado de estos días. Este paseo de la tarde no por ser esperado, se convirtió en ese instante reconocido del como íbamos diciendo. Un paseo reconvertido en realidad en EL paseo. Lo suficiente y necesariamente próximo para mantener esta cercanía emocional familiar, cada paso dado era ascender en la recuperación de este estado que aún extrañamos. Era como comenzar una conversación que finalizamos hace unos días y el inicio balbuceaba entre los titubeos de por dónde empiezo y algunas palabras empañadas y borrosas.

Por la acera de enfrente también caminaba gente, poca cierto, que iban y venían, con la prudencia en sus distancias. Esos y aquellos andares dicen mucho, ya lo dijimos por aquí hace unos días, pero cuando tu propio andar es el protagonista no eres del todo consciente de qué estás transmitiendo. “¿No están los árboles con bastantes más hojas? … “parece que sí, verdad”. Buscas cualquier excusa para no permitir que esas miradas de examen que vienen de otras personas indaguen sobre ti, que también como tú te miran, te observan a distancia. Caminamos en compañía de la prudencia, ese caminar que todavía le queda un buen trecho para convertirse en reconfortante.

Hasta respetamos el paso de cebra que sigue su orden de guiarnos entre las calles, ahora sí puedes, ahora quieto. Digo respetamos en serio porque aunque ni un coche circulaba por esta calle, en cambio ahí que estábamos quietos. En otro momento las prisas te empujaban a saltar sobre las anchas líneas blancas como para no caer en el abismo del susto del tráfico. Hoy, parados. Un autobús de transporte público se acercaba, el único. Vacío en su interior como mimetizándose con el vacío de las calles, de sus aceras, de su ambiente. Devuelves con un guiño de ojo al cambio al verde, agradecido para seguir caminando, agradecido con uno mismo por hacer lo que hay que hacer.

“Jamás he visto esta calle sin coches, nunca en mi vida, aita”. Nos hemos vuelto para revisar si era así, si ese jamás me venía a visitarme en mi memoria, si esta calle sigue igual que siempre y si los coches eran ciertamente sus únicos habitantes. Mientras buscábamos la respuesta, que efectivamente era no, no era así, nos hemos quedado inertes, en la acera. El paso de cebra nos ha invitado con su verde a curiosear una estampa que no tenías grabada en tu memoria, en medio de la calle. “¿Tan grande es esta calle?”. Cierto es que las distancias no siempre se determinan en cantidad de decenas o centenas de metros hasta allá, sino que las distancias son sobre todo las que quieras poner. Puedes estar cerca y sentirte lejísimos de alguien puedes estar allá a lo lejos y sentir sus pálpitos como si tu mano estuviera encima de su pecho. Quizá deberíamos aprender a valorar en serio las distancias. Quizá la mejor distancia es la que no existe. “Ven aquí, anda, dame un abrazo que tenemos que volver para casa”.

Optimista por naturaleza. Consultor Artesano en branding, planning y comunicación en un entorno digital. Buscando conexiones entre marcas y personas. Escribo.

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