El final del 16, cincuenta y uno

Convivir durante tu vida con la canción “En la fiesta de Blas” deja huella. Más allá de coincidencias, que no vienen al caso, alguien me dijo eso de “aquí se celebra todo” como grito de guerra para ahuyentarlo todo, en especial los malos espíritus o eso llamado mal rollo. No fue una de esas recomendaciones que llevan el tono grave de la voz de la experiencia sino de quien tenía esa virtud de sentarse en una terraza de un bar, siempre entre el sol y la sombra, lo suficiente para que o uno o la otra, equilibrara el termostato corporal para observar en silencio, diseminar las pequeñas representaciones de realidades que se ponían frente a su ángulo de mirada y apuntar esbozos de ideas en su libreta que siempre la sacaba para estas ocasiones.

Ha sido el primer día en el que el sol ha brillado con toda su fuerza que se le supone. Así que hoy mi ventana, esta ventana confidente y conversadora sutil que me acompaña en estos cincuenta y un días, ha compartido sus veladas con la salida a la calle. Necesitábamos recuperar esto que un día llamamos por casa “el día de los cortos: manga y pantalón”. La ventana lo ha entendido perfectamente, quizá por eso hoy han abierto sus dos ventanales de par en par, para compartir con su otro lado, que está más cerrado de lo habitual. Cuando los dos ventanales se abren es como ese inmenso y sentido abrazo que te atrapa, hoy también necesario. Mucho, además.

De verdad, el día no estaba para despedidas, no era el escenario ideal, si pensamos en que lo normal es que estén siempre bañadas de lágrimas, de cabezas gachas y de ese ¿nos volveremos a ver pronto?. No era el día y así lo ha certificado el banco del parque, que estaba engalanado como en sus mejores momentos, la chica de la ventana de la izquierda que hoy he podido comprobar su lado bueno, aunque en realidad no he conseguido en estos días descifrar el malo, [¡bien!]. Estaba también el punto de cada mañana, la risa de los niños del segundo, el matrimonio que hoy se ha tirado casi todo el día en su terraza en “Z”, y esta noche había más luces encendidas en las casas como queriendo continuar el trabajo impecable que ha hecho hoy el sol.

Así que nos hemos ido a celebrar hace un momento, sin grandes alardes, simplemente vestidos de sonrisas, con la risa como idioma común y con una condición: “no diremos adiós”. En la calle la luna se ha apuntado a la fiesta, igual que la puerta de casa que se ha entreabierto un poco y hemos sentido cómo los vecinos reían también a carcajada limpia. Había una bolsa de kraft marrón con un lazo rojo en el banco que ha hecho las veces de anfitrión. Los árboles alzaban sus verdes hojas para no perderse la fiesta. Aquella señora nos levanta su mano con alegría desde su ventana. Abril y Junio nos han saludado desde la distancia y a Julio le ha dado por imitar el sonido de las olas, que le sale bastante bien por cierto. De pronto una mano ha tomado mi cintura y ha acabado agarrando con suavidad mi mano izquierda. No he querido ni mirar porque he cerrado los ojos para que fuese el tacto de mi mano quien hablase. “¿vamos?”, me ha dicho una voz femenina… “sí, vámonos” he respondido.

Ahora sí que digo “gracias por estar aquí”. Han sido 51 días desde el confinamiento oficial por el COVID-19. Si por un momento he logrado dejar fuera cosas que nos atormentan, estos 4 párrafos diarios en estas noches ha merecido la pena. Me ha maravillado el ejercicio. Mañana comienza “otra realidad” y hoy era el momento. Se llamó #dieciséis por el día siguiente a estos 15 días oficiales. Acaba en cincuenta y uno porque este 2020 es el de la cincuentena y había que sumarle una cifra más. Y finaliza hoy porque sería difícil mejorar una fecha que no fuese la del “Día de la Madre”. Si has llegado hasta aquí simplemente y humildemente quiero decirte GRACIAS, GRACIAS DE TODO CORAZÓN. Nos seguiremos viendo y espero que leyendo. ¡Salud!

Optimista por naturaleza. Consultor Artesano en branding, planning y comunicación en un entorno digital. Buscando conexiones entre marcas y personas. Escribo.