Que entre el cuarenta y cinco del 16

“¡Aita!, ¿puedes venir un momento?”. Hay frases que pasan delante de uno a toda velocidad y las atrapas al vuelo como esos sueños que intuyes se van a cumplir; otras se agarran con fuerza a tu pierna, no te sueltan y sientes cómo van subiendo al compás de un escalofrío que recorre tu cuerpo en busca de decenas de posibles preguntas por segundo. Que sepáis que cuando se es padre/madre no sois inmunes a esta situación, primer aviso.

Hemos salido hoy. A nuestra ventana. No hacía falta darnos la mano como cuando se sale a la calle, simplemente el uno junto al otro, asomados a la venta, a nuestra hora favorita, ésa en la que ves en primera fila que el día aún no ha llegado a su fin y se estira escondiéndose poco a poco detrás de la noche. Que los hombros compartan algo más que un espacio muy próximo es mucho más íntimo que dos manos entrecruzadas. Lo más parecido suele ser un anochecer en la playa, con las toallas por encima, abrigándonos mutuamente, simplemente esperando que pasen cosas. Porque cuando no pides, las cosas suceden, así de sencillo.

No había nada de qué hablar. Simplemente asomarnos, el hecho de hacerlo juntos, “¿vienes?… ¡vale!”… y ya. Es un decir, que no lo es, eso de que luego todo empieza con un “¿sabes qué?”, porque en realidad comenzó bastante antes de cualquier pregunta. A partir de ahí miradas con destinos diferentes, preguntas que no buscan simplemente una respuesta, una risa aquí, un silencio allá, un qué te parece si, los pilares de las complicidades se construyen también entre silencios cuando se imaginan estar juntos en el simple hecho de estar. Luego ya viene la conversación y su magia llena de laberintos que se enredan porque les apetece y no porque exijan salir.

Ha cerrado la noche ya pero hoy se han abierto nuevas puertas que estaban ahí pero que dejan ahora pasar bastantes más miradas que antes anhelábamos y no las empujamos para entrar. Esos últimos minutos de nocturnos silencios llevan los paréntesis de la pregunta desde el otro lado de la casa “…¡te llaman!…” y con un “…aita, creo que con lo bien que nos estamos portando, seguro que en navidades tendremos algún regalo más, ¿no lo crees tú?…”. Que estos corazones tan gigantescos jamás se escapen por estas puertas por favor y se queden para siempre.

Optimista por naturaleza. Consultor Artesano en branding, planning y comunicación en un entorno digital. Buscando conexiones entre marcas y personas. Escribo.

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