Las sábanas se pegaban más los sábados. Era una costumbre pero que muy agradable. El resto de la semana emitían unas insoportables ondas electromagnéticas o algo raro que te hacían levantar de la cama de inmediato. El sábado, no. El sábado te atrapaban porque en el fondo son ellas las que quieren sentir tu calor, no al revés como podemos llegar a pensar. Te cubren, te giran suavemente para el otro lado, te vuelven a cubrir para que no se escape nada del calorcito del momento y como que el peso desaparece y se transforma en algo liviano.

Por costumbre también, la mañana del sábado era además la de ¿y hoy qué llevo?, una de esas preguntas que te haces cuando tomas el hábito de llevar “algo” de sorpresa para la comida del día. Porque los sábados solías comer en casa ajena: alguien de tu familia, compañeros de trabajo, del cole, de la uni, tu ex- o tu “ojalá me diga que sí”. Y también cuando te toca en tu casa. Lo haces siempre, un detalle es empezar la velada mucho antes. Tan antes como que ese momento de reunirte adquiría un nuevo sentido porque lo importante no era “dónde” o “en” sino sobre todo “con”. Y hacerlo desde el porque me apetece era el mejor inicio. El encuentro tiene esta preciosa cara amable, la excusa del dónde era la llave que abría la velada esperada durante la semana.

Una pequeña bolsa de papel kraft se balanceaba sobre el antebrazo de una chica que volvía, o iba, a saber. Llevaba un lazo de color rojo que ondeaba por un lado de la bolsa, que no quería perderse el estado de la calle de hoy, de una temperatura ideal para un jersey fino, camiseta blanca, vaqueros y zapatillas blancas, las de pasear con calma y disfrutando de los días cuando el sol brilla más que ayer. Era un regalo. Y lo que llevaba en la bolsa, entiendo que también.

Mirando desde la ventana me imaginaba la velada. Llegar a una casa, la puerta de entrada de la casa anfitriona que se abre de par en par a una nueva dimensión, otro universo lleno de vida. La llegada del resto de gente, o que no vengan más que bastantes estamos, el te echo una mano, a ver ese vermú, todo el mundo a la mesa, y el ¿brindamos? de rigor. Una liturgia llena de símbolos que son puntos que unen una ilusión que compartes, empezando por ese “esto es para ti”. El contenido deja de ser importante dicen porque lo verdadero son las manos que lo entregan, aprendí.

La cena de hoy ha tenido algo especial: “la hacemos nosotros, salga inmediatamente de la cocina”. Ha sido la amenaza más preciosa recibida en las últimas semanas, obedecer tal orden ha sido una total satisfacción; la llamada de “a cenaaaarr…” se ha cubierto de ese halo de misterio que encerraba esa cajita de lazo rojo que iba en una pequeña bolsa de papel kraft. No quiero abrirla, solo nos hemos limitado a darnos un beso al brindar. No quiero irme a la cama y eso que el sábado aún no ha acabado. “chin, chin”.

Optimista por naturaleza. Consultor Artesano en branding, planning y comunicación en un entorno digital. Buscando conexiones entre marcas y personas. Escribo.

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